Si al TLC Maravillas del modelo irlandés Por: Marco Aguinis
El embajador de Irlanda en la Argentina, Kenneth Thompson, se resiste a utilizar la palabra “modelo” para referirse a la metamorfosis que ha tenido lugar en su patria, llevándola del último puesto a uno de los primeros en el crecimiento de Europa.
Para los sufrientes países de América latina, sin embargo, y en especial para el nuestro, magullado por conflictos tan traumáticos como estériles, Irlanda es un espejo al que debemos tener el coraje de mirar con atención. Se nos parecía en mucho. Igual que nosotros, se convulsionaba en el barro de actitudes e ideas antiguas que, en vez de encauzar el crecimiento, la hacían rodar hacia una eterna decadencia.
Se lo consideraba el país enfermo de Europa, periférico y atrasado, condenado a la pobreza, con hambrunas en el pasado y desesperanza en el futuro. Cuando, en 1922, ganó su independencia, no supo qué hacer de ella. La mitad de su población vivía en las zonas rurales, dedicadas a una agricultura carente de tecnología moderna. Más al sur se viajaba, más zaparrastrosa era su gente. La industria no lograba despegar de forma intensa, como si su destino fuese permanecer pequeña y precaria, apenas concentrada en el Norte, donde sólo se destacaban los astilleros (el Titanic fue construido en Belfast, y es un dato que marca la excepción a la regla).
Irlanda, antes de adoptar las decisiones impresionantes que cambiaron de forma radical su destino, estaba agobiada por su tasa de endeudamiento. La deuda se elevaba como un monstruo imposible de vencer o expulsar; era el cancerbero de largos colmillos que nunca los dejaría avanzar hacia una pradera más confortable.
Hasta los años 50 predominaron las barreras arancelarias más extremas, cuyo desmesurado fanatismo pretendía generar el crecimiento interno y hasta una autosuficiencia soñada con fervor. Por eso las empresas locales eran protegidas de la competencia internacional con vacías consignas patrióticas y brillaba la casi total ausencia de un pensamiento mínimamente crítico. Irlanda seguía pobre y a nadie se le ocurría martillar con que esa pobreza radicaba en errores que se consideraban virtudes. Aparecieron libros cuyos títulos eran la patética variación de un mismo tema: ¿por qué estamos tan mal? No lo lograban comprender, como tampoco los argentinos, latinoamericanos y africanos comprendemos las razones de nuestra tenaz decadencia.
Hace tiempo que en la Argentina se acuñó el horrible chiste de que la mejor salida de nuestra juventud es Ezeiza. Pues bien: lo mismo se decía en Irlanda, pero en vez de Ezeiza, el paraje de fuga se llamaba “puertos”, en especial, los que miraban hacia los Estados Unidos. Ahora hay más irlandeses en Estados Unidos que en la misma Irlanda; son tantos que su fecha nacional es la única conmemoración extranjera que se celebra en la Casa Blanca.
Esa emigración tenía lugar pese a que la sociedad se aferraba a principios conservadores, con familias sólidamente constituidas. Pero el conservadurismo no sólo incluía bellas tradiciones, sino prejuicios demoníacos. Los prejuicios frenaban el despegue. Ahora se refieren al pasado como “las décadas perdidas”. Pero, a diferencia de los argentinos, ya saben por qué fueron perdidas.
¿Qué predominaba en esas décadas? La tendencia a poner afuera la culpa de todas las desgracias (¿nos suena familiar ese hábito?). Para colmo, tenían la mala suerte de que su vecina, Gran Bretaña, les había hecho la vida muy difícil por centurias y echarle la culpa de todo era fácil y convincente. Pero llegó un punto de saturación y se empezó a comprender que estaban exagerando, que era un mecanismo cargado de perversidad, porque impedía descubrir los propios errores y aplicarse a corregirlos.
No fue fácil abrir los párpados y ver que Irlanda estaba resentida y expresaba su dolor con racionalizaciones fuertes, pero infecundas. De súbito apareció la toma de conciencia de que ellos, los irlandeses, daban la espalda al mundo y de que el mundo no les daba la espalda, sino que los ignoraba. Las teorías conspirativas se empezaron a rajar.
Sólo en la década de los años 60 empezaron a soplar con más fuerza los vientos de una genuina renovación. Voces al principio débiles denunciaron el vicio de poner siempre la culpa afuera (Gran Bretaña, el imperialismo, el capitalismo, los demás países europeos, la ausencia de solidaridad internacional).
Por primera vez, surgieron críticas sonoras contra las industrias no rentables que el gobierno debía subsidiar y contra las empresas estatales, que generaban pérdidas incontrolables porque brindaban irritantes beneficios corporativos. Se denunció el cultivo de ideas paranoides. Se tuvo la osadía de cuestionar la eterna agitación social que exigía subas de salarios que, por otra parte, nunca alcanzaban un nivel satisfactorio. Con la guerra interna sólo aumentaba la miseria, como nos sucede a los argentinos. Se dieron cuenta.
Fue duro vencer el miedo a los cambios estructurales. Las inversiones extranjeras eran un tabú que compartían con los demás países atrasados del mundo, como si Irlanda no estuviese en Europa. Se las trataba con desconfianza porque –suponían– hasta harían naufragar la independencia tan difícilmente lograda. Se temía que esas inversiones encubrieran el objetivo secreto de arrancarle al país lonjazos de su soberanía y hasta harían desaparecer los pocos recursos naturales que poseían su tierra y su mar.
El miedo a estas inversiones –consideradas un desembarco enemigo, como aún lo creen muchos políticos de la Argentina– se expresaba con consignas estridentes y se fortalecía con la demora que revelaban esas inversiones en conseguir resultados positivos. Hasta los más audaces reconocen ahora que andaban aterrados. Incluso casi se produjo un desvío del camino correcto cuando algunas empresas, hartas de huelgas, decidieron trasladarse al mercado que nacía en Europa oriental.
Por fin, las bases sólidas de la metamorfosis se cimentaron en 1973, con el ingreso en la Unión Europea. Ese ingreso exigía múltiples y urticantes ajustes. Por eso gran parte de la sociedad, de las dirigencias políticas y sindicales, de los intelectuales, manifestaron su oposición. No era fácil tragar la amarga pócima de medidas correctoras. Muchas empresas locales, acostumbradas al subsidio y el privilegio, tuvieron que cerrar. El desempleo aumentó hasta el 17% en un país donde las mujeres aún no trabajaban fuera del hogar; de lo contrario, se hubiera multiplicado casi por dos esa cifra.
A la Unión Europea no la conmovían reclamos de piedad: ordenaba macizas reformas fiscales, presupuestarias, tributarias, laborales, regulatorias. Exigía que las sucesivas administraciones las mantuvieran a rajatabla, aunque entre ellas hubiera discrepancias ideológicas. Esas discrepancias podían canalizarse en cualquier sentido, menos en sostener las normas reclamadas por la Unión.
Por ejemplo, era decisivo que si en Irlanda desembarcaba una importante inversión extranjera, tuviera un exacto cuadro de situación de lo que le esperaba en lo inmediato y en las décadas por venir. De esa forma, llegarían más inversiones y –lo más importante– permanecerían, y los empresarios volverían a invertir.
Ni hablar de la importancia que se daba a la validez de los contratos, a la seguridad jurídica, a la independencia de la Justicia, a los controles contra la corrupción, a las serias medidas de todo tipo que estimularan más y más la inversión (¿nos dice algo respecto a nuestra Argentina?).
El embajador Thompson refiere que la gratitud que ahora experimentan por aquellos ácidos deberes impuestos de forma radical por la Unión Europea se expresa en este momento en el orgullo de ser el único país anglohablante que utiliza el euro. Me ha recordado que hasta no hace mucho, hasta la década de los 80, sin embargo, estuvo su país atravesado por una tempestad de conflictos entre los que querían seguir con el cambio y los que preferían retroceder al viejo statu quo. Las huelgas paralizaban por meses enteros gruesas áreas de la producción. Se gritaba “pobres pero dignos”, “pobres pero solidarios” y hasta “pobres pero felices”. Las racionalizaciones dan para todo...
Hacia finales de esa década, terminó por imponerse la renovación. Se quebró en forma definitiva esa compulsión a la repetición que engrilla hasta a los mejores espíritus. Se decidió mirar a las naciones exitosas y dejar de lamentarse por la leche derramada. Fue abandonado el masoquista papel de víctima para asumir el del éxito.
El acuerdo celebrado por la sociedad irlandesa fue más osado y patriótico que el Pacto de la Moncloa. Lo explico. El gobierno se comprometía a reducir los impuestos de manera drástica; los empresarios, a un lento pero continuo aumento de los salarios, así como a una producción de excelencia, competitiva. Los trabajadores se comprometieron a respetar una paz social absoluta, sin transgresiones.
Ese pacto fue, al principio, objeto de críticas, burlas y resistencias. Su renovación anual reabría fijaciones ideológicas arcaicas, pero su éxito cada vez más compacto terminó por convertirlo en una presencia que ahora sólo impugnan los imbéciles.
La reducción de impuestos, en particular los personales, quería generar una nueva sensación ciudadana: que si el individuo ganaba más, esa ganancia era legítima y el Estado no se la quitaría. Se estimulaba, de esa forma, la inversión en el país.
También, al reducirlos, se ampliaba la base de contribuyentes y serían los mismos habitantes los que aplicarían la condena social a los familiares y amigos que no cumplieran con su deber de contribuyentes.
Pero la audacia más notable consistía en conquistar las grandes inversiones extranjeras. En efecto: en lugar de considerarlas un enemigo que viene a quitar riqueza, se las vio como un bien que debe quedarse y multiplicarse dentro del país. En otras palabras: con esa reducción drástica de impuestos, las ganancias de esas empresas no iban a ser repatriadas: convenía reinvertir en Irlanda.
Semejante golpe de inteligencia no sólo fue asombroso, sino que ahora empiezan a imitarlo en Europa oriental, sedienta también de inversiones. No hizo falta la compulsión, sino pensar en el interés de todas las partes.
Irlanda ha abierto los mercados, diversificó la producción, aumentó la calidad competitiva y aumentó las exportaciones con ritmo febril. Estas exportaciones son fundamentales para un territorio cuyo mercado interno es minúsculo. Irlanda ya tiene el endeudamiento más bajo de Europa. Y el crecimiento más acelerado. Su población ha crecido de tres millones, en 1970, a 4,5 millones, en la actualidad. Ya nadie se quiere ir de Irlanda.
Por supuesto que existen pequeños bolsones de pobreza, porque nada es perfecto en este mundo. Pero no es la pobreza de antes, asociada al hambre, la enfermedad y la ausencia absoluta de esperanzas. El nivel de vida ha crecido para la inmensa mayoría y muchos irlandeses no saben qué hacer con su dinero; antes, esa inmensa mayoría debía resignarse a carecer de los beneficios que se multiplicaban a pocos kilómetros, en una Europa tan cercana en la geografía y tan distante en el progreso. Temida y envidiada.
La omnipresencia del Estado, que hacía eterna la pobreza mediante la “cultura del subsidio” a ricos y pobres, cayó en el descrédito. Se privatizaron las telecomunicaciones, la energía, los seguros médicos. Y se seguirá con otras áreas, pero sin caer en la aberración cometida en la Argentina de los 90, cuando se pasó del monopolio estatal al monopolio privado.
El incremento de la cultura del esfuerzo y de la responsabilidad se manifiesta por doquier. Se respetan más las leyes, disminuyó la anomia (¿nos recuerda a la Argentina?).
A todo lo que acabo de describir el embajador Thompson no querrá llamarlo “modelo”, pero para los argentinos lo es. Si aún tenemos a mano una brújula, advirtamos que el Norte es un país como Irlanda. No perdamos el tiempo. No arruinemos esta década al transformarla en otra que también se llame “perdida |