ORDEN DEL PRESIDENTE ALAN LA ORDEN DEL PRESIDENTE (I)
Alan García condujo personalmente operación de exterminio salvaje. La matanza de presos acusados de terrorismo fue perpetrada en junio de 1986 por orden directa del entonces presidente de la República, Alan García Pérez.
Aquí un recuento dramático de esos horrendos acontecimientos, de Agustín Haya
de la Torre en su revelador libro «El Retorno de la Barbarie», cuando aún ALAN
no era candidato por el Apra.
A las seis de la mañana del 18 de junio de 1986, 152 senderistas internados en el Pabellón Azul del Frontón, 124 del Pabellón Industrial de Lurigancho y 64 mujeres detenidas en la pequeña cárcel de Santa Bárbara, en el Callao, toman de rehenes a tres guardias republicanos, a un agente civil desarmado y a la directora y otras dos funcionarias del penal femenino. Solo en el caso de la isla lograron apoderarse de tres fusiles y una metralleta.(...)
Aunque había varios ministros ausentes por lo imprevisto de la crisis, concurren como invitados los miembros de la Comisión de Paz, el presidente del Instituto Nacional Penitenciario, Manuel Aquézolo, senadores apristas como Armando Villanueva y Andrés Quintana, los miembros del Comando Conjunto y el viceministro del Interior, ex secretario privado de Alan García antes de ser elegido.
Quién evalúa que se trata de «una situación de chantaje que como gobierno no podíamos aceptar» , añadiendo que a ello se han aunado paralizaciones gremiales» para crear un clima de desestabilización y desprestigio del gobierno, lo que no se va a permitir».
Esta acción habría sido motivada, de acuerdo a su interpretación, con el objetivo de llamar la atención de la opinión pública nacional e internacional, «aprovechando la presencia en Lima de más de 500 periodistas extranjeros» que asistían al Congreso de la organización socialista.
En ese documento consta que el Presidente es quien informa a los presentes de la toma de los penales por parte de lo que el lenguaje oficial denomina «delincuentes subversivos».
De esta interpretación fluye que había una especie de agresión directa, casi personal, cuyo propósito no era solo la propaganda y merced a ella- conseguir un pliego de reivindicaciones, sino que, a juicio del jefe del Estado, el propósito real era desestabilizar al régimen y desprestigiarlo. |