JAIME BAYLE OPINA En 1985, los peruanos pudimos elegir presidente a Luis Bedoya, un político serio, honrado, confiable, que había demostrado sus aptitudes como buen administrador público en la alcaldía de Lima y que además había entrenado a sus mejores hombres en el gobierno de otro gran peruano, Fernando Belaunde. Con mucha diferencia, Bedoya era el mejor candidato en aquella elección, la primera en que voté, sin saber que mi destino sería votar siempre por los perdedores. Pero, aburridos de la seriedad y seducidos por el riesgo, los peruanos eligieron masivamente a Alan García, un joven inexperto, de oratoria inflamada, que nunca había trabajado seriamente en nada, a no ser que dar discursos demagógicos se considere una forma de trabajo.
Durante su mandato de cinco años, que parecieron muchos más, García empobreció vertiginosamente a sus compatriotas. Si un buen gobernante es aquel que mejora la calidad de vida del pueblo al que sirve, no puede discutirse que García fue de una ineptitud abrumadora y que multiplicó la pobreza del país. |